Terminé la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en UABC y mi “jefe”, Sergio Brown Higuera (QEPD) me invitó un viaje a Berlín, Amsterdam y París. En el video cierro la historia con la visita al Museo del Louvre. Quería tirar la toalla el viejo y me dijo, te espero en la cafetería, le respondí, no, había que ver todo el museo. Tardamos seis horas. Pero en ese viaje pasaron más cosas. Tenía poco tiempo de muerta mi madre y Sergio grande me dijo esos días cuál podía ser mi camino de comunicólogo. Trabajaba en ese momento como reportero de, “El Mexicano”, y lo tenía contento porque decía la gente llegaba a preguntarle a la tienda si ya era reportero, o por qué salía su nombre en el periódico, y se reía. El jefe de la expedición tijuano-rosarita a Europa fue el señor diente blanco ceja larga llamado Fortino Cabrera, quien me dijo antes de irnos: lleva buena ropa al viaje, y me regaló una bufanda y unos guantes azul marinos. Ese hombre sabía lo que era vestir bien. Me compré una chamarra negra de muy buen corte para no fallarle. Unos pantalones y zapatos negros también. Fortino contaba historias y chistes casi perfectos y era una cascada de risa pasar los desayunos, comidas y cenas con él. Una noche en Berlín, de un restaurante salimos con una charola de quesos y nos tocó a varios cargarla por el metro siendo motivos de su burla que daba gusto porque era muy chistoso. El hijo de Fortino una tarde me llevó a los cafés de Amsterdam y por primera vez tomé cervezas de trigo. En París, el viejo Sergio me acompañó a la estación del tren antes de partir a Madrid. Nevó en el camino entre Francia y España. Pasé el viaje dialogando con un publicista boliviano. Hablamos del Che Guevara, de Neruda, de Cortázar, de Los Cadillacs. Fui a visitar al Tío Fil, a ver un juego del Real Madrid y a comprar libros. Todos los que pude sobre técnicas de investigación y cine documental. La mejor librería fue la Ocho y medio: el paraíso del cinéfilo. En el Bernabéu vi romper campo y girando pelotas a Roberto Carlos, Michel Salgado, Fernando Redondo y el legendario Raúl. Salimos del juego y pasamos a una cantina a comer un emparedado de huevo con tocino. Después de veinticinco días caminando entre ciudades, bares y museos, bajé diez kilos. En el vuelo de regreso pensé en la necesidad de difundir y hacer cine documental, desde la UABC. Y hablé con Héctor Villanueva. 

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