Asistí a la inauguración de “Border Pop”, arte/gráfica, memorabilia y archivo en Tijuana, 1996 – 2010, curada por el compa Julio Álvarez Ponce en el Museo de Historia de Tijuana, y mi primera conclusión fue: cuando menos te das cuenta, el tiempo ya te puso una chinga. La segunda: alguna vez fuimos jóvenes, pero ya no. Bueno, a la materia: el viaje humano es navegar el proceloso mar existencial mediante creaciones, en veces efímeras, en veces permanentes. En esa sala se sintetiza la vida artística y objetual de muchísimas personas queridas, y con las cuales me tocó compartir el placer de estar vivos, de crecer juntxs, y en veces también, de caer y levantarse. De caer y levantarse.

Antes de llegar al museo, pasé a la cervecería Insurgente por una Tiniebla y a leer unos textos de Práxedis Guerrero y Ricardo Flores Magón, y me pregunté, ¿qué motivó a esos hombre a ser revolucionarios? La respuesta está en lo que encontré en el museo minutos después: el espíritu colectivo siempre busca construir un mundo mejor. Le he dicho a un par de amigos recientemente: las virtudes de contar la historia de los procesos creativos pasados, son, una, reconocernos, y otra, para superarlos. La idea es temible y bella: batallar para construir algo que será destruido y así el sujeto se libera porque deja de habitar, en su cuerpo y mente, un tiempo pasado que lo atora.

El primer colectivo del que me sentí parte fue la sociedad mexicana. Siendo adolescente percibí sus limitaciones y carencias y las hice mías, recuerdo de los primeros textos que escribí, uno sobre la impotencia que me daba la pobreza y el hambre de las personas que veía pidiendo limosna en el centro de Tijuana. Lo tenía claro, debía llegar a la Universidad y al menos intentar incendiar al cielo o asaltar el infierno. Ya sabía del Che Guevara y antes de iniciar mis estudios en Ciencias de la Comunicación en la UABC, apareció el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el Subcomandante Marcos. Me reconocí de inmediato en ese hombre de gran nariz que habitaba dentro del pasamontañas.

Antes de mi primer semestre fui a la Casa de la Cultura de Tijuana a tomar clases de fotografía y el maestro Lobo me dijo: “cuando entres a la universidad encontrarás muchas personas como tú”. Tuvo razón. Pronto en el campus de la UABC nos identificamos los zapatistas y formamos el Colectivo Estudiantil de Humanidades (CEHU). Y como en toda historia y drama, pronto enfrentamos el primer obstáculo: las autoridades no quisieron nosotros fuéramos la Sociedad de Alumnos, pero no entendieron que todxs nosotrxs llevábamos una revolución adentro y el para todos todo, para nosotros nada como principio ideológico.

Nos pusimos en rebeldía y lanzamos la rueda al campo de la acción crítica dentro de la universidad. Organizamos un periódico mural, conferencias y actos simbólicos en fechas clave como el dos de octubre. Pero lo más importante, consolidamos una amistad colectiva que sigue dando frutos hasta la fecha. Eso que llamamos después: hermanos y hermanas de otras madres y padres. Después del movimiento político del CEHU conocí al maestro Héctor Villanueva y a otros agentes del arte audiovisual. Me voló la mente estar cerca de ellos. Fueron los tiempos de Bola 8, donde no produje nada, pero fui estudioso y partícipe de sus actividades.

Nuestra revolución pues, fue amistosa, artística, académica y cultural. Lleva y llevará un lugar especial siempre en mi corazón el Vivafamilia. Lxs amo. Por eso ayer en “Border Pop” me vi desdoblado en lo que mi yo de otro tiempo hizo en colaboración con otrxs: por cada imagen, objeto o proyección brotaban otras imágenes o sentimientos dentro de mi cuerpo expandido. De “Salas del Pasado, proyecciones en el futuro”, al documental de La Estrella, la escena electrónica y mi ser VJ, hasta llegar al post-fanzine Radiante, que edité con uno de los grandes ausentes de la noche y de nuestras biografías, el siempre adelantado Rafa Saavedra.Después de recorrer “Border Pop” me sentí feliz de contribuir como rosaritense, desde varios proyectos, a la vida cultural de nuestra querida Tijuana: la gran dama de la sala y de nuestro baile existencial. Seguiremos creciendo y espero escribir un texto como éste en 2040 sobre la continuidad de ese archivo de Julio, también conocido como Chamuco, Chamer o Chamuquito. Y ojo, porque en las vidas que siguen, nos volveremos a conocer y también el arte y la música nos salvarán, como dice esa canción de La Habitación Roja que nos dejó como memoria y despedida el Escritor Increíble. Hasta la victoria siempre. 

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